Necesito aire, pensó. Salió por un momento pues el sopor de la hipocresía le amordazaba, agónica de ella, perdida de ella, sola de ella, cansada de ella. Al dar un paso al jardín miró cómo la cascada platinada de luz lunar caía sobre las flores, dándole un aspecto fluorescente al panorama; pensó que estando ahí hallaría como por arte de magia, un soplo de razón y de consuelo… pero en su lugar halló nada. Caminó hacia las flores, pronto de cuclillas estaba, mirando como una niña pequeña a los insectos nocturnos bailar entre las hojas, era un recital silencioso y casi pudo identificar a la bailarina estrella con sus aires de grandeza entre tantos diminutos alienígenos alados y destellantes. El viento comenzó a mover su cabello, lo aventaba violentamente hacia su rostro, pudo sentir el olor a tristeza que emanaba de él, así que cortó unas flores y las estrujó con fuerza sobre su cabeza, en ese momento donde la lucidez no era precisamente lo que la acompañaba, una sombra escuálida apareció en el pasto verde, dirigió la mirada hacia arriba y lo vio a contraste; ¡Estaba maravillada! el lenguaje de éste cuerpo era tan grácil que la cadencia misma parecía ser la mano maestra que guiaba los hilos transparentes de la delicada y hermosa marioneta de carne y hueso. Él inclinó un poco su cuerpo, tendió su mano insinuando ofrecer su ayuda para que ella se incorporase, la chica apenas era consciente de lo que pasaba, pues los mechones color ébano del cabello de tan galante caballero se hicieron hacia su rostro dejando expuestas sólo la nariz y la boca que sonrió al ver el atontamiento y los cadáveres de flores entre las hebras que surgían de su cráneo; le tomó como 20 segundos reaccionar y ceder a tomarle la mano. Avergonzada decidió no mirar más, aunque inconmensurables eran sus ganas de observar a tan perfecta criatura, se excusó por su comportamiento, a lo que él agregó que no había de qué preocuparse, la voz aterciopelada le hizo mantener la cabeza baja pues penetró en el centro del miedo y felicidad de su cerebro. Caminaron silentes por el jardín, los pasos despreocupados de él hacían efecto en el correr de la sangre de la jovencita, la sentía tranquila como el fluir de una cascada artificial entre la colección de artilugios excéntricos en la sala del tío Otto.
- Es el paseo más inusual que he tenido-, dijo
- Quizá es porque no paseas mucho-, él respondió
Se sintió abrumada por la tranquilidad que irradiaba ésta criatura noctívaga, de la nada decidió cogerle la mano para quebrantar la relación de ignotos y formar un vínculo de consentimiento, él un tanto dubitativo se detuvo para hacer contacto visual y hallar una respuesta a su proceder, ella pudo percatarse pues las sombras en el pasto eran sin duda su espejo y sus más fieles cómplices para observarlo sin tener que volver la vista, él descubrió la sociedad secreta que ella tenía con la luz y las formas pues la sombra de su cuello cambiaron de ángulo y pudo escuchar su elegante y discreta risa.
- Caminemos, que me salen raíces-, murmuró
- ¿A dónde quieres ir?-, preguntó él
- A dónde el sonido y las flores sean para siempre-, respondió
- ¿Para qué huir a un mundo donde lo natural pierde su singularidad del artificio?-, dijo juicioso
Siguieron caminando por los rosales con su olor a romance y princesas medievales, los grillos comenzaron a cantar y el viento les acompañaba con un tenue silbido, ella rompió con la costumbre que ya se habían hecho de hacer breves e impersonales intervenciones sin finalidad aparente, contándole de su niñez, de esas tardes otoñales en que usaba trajecitos vistosos y el abuelo la sentaba en sus piernas para contarle de su metódico y sagrado ritual para preparar café, el mejor café del mundo “negro como la noche y amargo como la vida” decía, con el pasar de los años comprendió a que se refería su adorado abuelo y fue tal el impacto del anciano de ojos verde esmeralda en su vida que ese ritual se aprendió acompañándola hasta estos días; parecía que pasaban días en los pocos minutos que llevaban charlando, caminando y haciendo pausas para no acabarse el jardín. A medida que ella hablaba, él participaba haciendo comentarios con su característica serenidad y sensatez… a pesar de ser tan joven hablaba con voces añejas; estaba fascinada.
Dijo tantas cosas con tal de escucharlo, pues el rubor de sus mejillas no le permitían mirarlo a los ojos; la incertidumbre que él le provocaba no parecía ser saciada a los breves detalles que amablemente consintió darle, así que se convirtió en una extraña máquina de preguntas inusuales que quizá no revelaban a primera instancia lo que ella buscaba, pero a medida que iba comprendiendo su lenguaje evasivo creía conocerlo un poco más que 5 minutos atrás.
El Reloj de la catedral hizo sonar las campanas al punto de las 10:00, aturdida escuchó sonar uno de los valses de moda de la época, sintió rabia y la tristeza nuevamente la invadió pues de golpe y portazo la habían devuelto a donde no quería volver jamás, frunció el ceño y las lágrimas brotaron de sus ojos, él ofreció un pañuelo con letras bordadas en hilo de oro que ella tomó y en un arrebato del corazón, sin poder contener más las ansias y el sentimiento abrazó a su caballero de cuento, como que rogándole, como que pidiéndole, implorándole que no la dejara huir de ese mundo que había creado con él. Entendió la petición y cuando por fin ella se decidió a mirarlo, sintió como un objeto atravesaba sus entrañas, el dolor le invadió el cuerpo, el olor a sangre se hizo presente, sellando el momento eterno en que conoció los ojos negros más hermosos que alguna vez la humanidad vio.
© copyright By: Venus Illegitima






Quizá sea conveniente explicar que este enorme disco tiene dos orientaciones importantes: el Eje y la Periferia. Si bien sabemos que giramos alrededor de una masa color naranmarillo que nos deja ciegos por momentos y nos cocina las ideas, a Aristarco de Samos cuando se le ocurrió oponerse al régimen antropocéntrico debimos exigirle anotar que de tanta vuelta y por tanto calor se nos consumirían los sesos, advertencia que hizo el favor de concluir en que necesitábamos orientaciones secundarias. Aquellos que resuelven ser los reyes de la sapienza en el reino animalia no son más que criaturas somnolientas que por causa y efecto de la teoría heliocéntrica sucumben ante el encanto de las segundas, siendo pues dextro y levo las efectivas en la sociedad más imperfecta de este acetato multisónico, la hermosa Tierra.